



Mamá es mamá, y no sé cómo he aprendido a ponerme sus ojos para llegar a una frontera anacrónica a comprar chocolates, tarros de frutas en conserva, quesos holandeses, y donde me he ganado sellos raros de migraciones vacías, mamá migró hace siglos, y no volvió nunca, antes fue a una frontera, no Tijuana a mojarse como mis tíos, y me compró unas Adidas falsas una jacket de mezclilla pretenciosa, uvas y manzanas añejas, mamá no volvió de todo lo migrado hasta que yo fui por ella, no sé cómo me puse sus ojos, y en su ignorancia rural, fue y vine a una frontera a transar lo que iba a ser escrito, como lo poco que me importa ahora caerle mal al señor que me sirve un vino y donde tuve la idea de comenzar a escribir de verdad lo que tengo que escribir, que hay cosas sin respuesta, cada pregunta tiene su misterio y esto sustituye el significado de las cosas, existir es especular, por eso discutir es idiota, discutir con el recuerdo de mamá o discutir por qué no nos besamos es idiota, el beso es pan o es nada, un paisaje cuando ya no nos quisimos es idiota, pactado de antemano todo sin saberlo, se repite todo, negar es buena señal, mis palabras no son cosas incompletas, ni están contenidas como el camino de las hormigas, lo digo porque con la mano izquierda he deshecho la certeza de unos insectos que vinieron a decirme dirección colonia instinto, y esas palabras las esbozo sin duda de que mamá no vuelve nunca, baja la cabeza para servirme un café con mucha azúcar, pero la amo a mamá, me quedo callado con una humildad que no me caracteriza, estas hormigas también aman el azúcar como yo amo a mamá y como mamá ama el azúcar, volá le digo, le digo en el recuerdo, porque mamá no está acá y certifico que no vuelve de su migración, donde dios la ha olvidado porque es un desgraciado y entonces comienzo con el telele del ombligo que de metal a carne, corta el ombligo pero regresa al inicio, vinimos juntos a la frontera, mamá no me dijo tantas cosas.
foto: johanna mc waters










Caminando, haciendo la ficción del luto, entre el croma indeciso de cuando llega la noche y la noche es luna llena, distraído por el ruido del tránsito en medio de la parte linda de San José, ahí por el parque España, contando las hileras de hormigas inmigrantes del Morazán, escuché en la voz ronca de los parlantes de un camioncillo, que ese día cambiaba la hora en las ciudades de Europa. Me vino una imagen inmensa a la cabeza, la de todos los relojes de las casas, el de la catedral de Ruán, los relojes de los hospitales y de las funerarias, cambiando al unísono, estropeando los ritos certeros de todo tipo de reses europeas: era el primer día de la primavera y hacía un año que necesitaba escribirte estas palabras...
Es posible que al llamarse escalas, cromáticas, vea usted la ironía, pensara yo sentado al piano esa tarde de mayo, que de los dedos me estaban saliendo escaleras. La mayoría de las que veía, en esa memoria que no es memoria, evocación, eran de madera de casa vieja, crujida, incendiada, reconstruida y vuelta a incendiar. Como si no fuera poca la evocación, resultó que en el penúltimo acorde de esa improvisación sugerida por el primer aguacero del invierno, apareció la primera cámara fotográfica que tuve en mi vida. Vivitar, cuerpo rojo, básica como la esencia de las fotos que siempre quise tomar, herencia de una madrastra mala que tuve, mala y hermosa...